El árbol de la sabana
15/02/2014
En el árbol o en cualquier ser creado, podemos
vernos reflejados en: serenidad, quietud, amor, entrega, justicia y otras
muchas cualidades o dones divinos.
Para aprender de Ti hemos de
mirar en nuestro entorno, fijar nuestras miradas para ver tu rostro, para ello,
hemos de subir al otero, rastrear el horizonte para buscar tus gestos.
Al estar en todo cuanto existe,
algo de Ti hemos de encontrar en nosotros como: en los aspectos de las cosas, apariencias,
sombras, reflejos, ver qué nos dice el silencio de la sabana, la luz desde el
alba hasta el ocaso, al observar los espejismos durante el tórrido mediodía, también
en la flora como en la fauna se esconden tus rasgos.
Es la hora de que los oteadores
agudicen sus sentidos para fijar las miradas en las vidas que nacen, crecen y
mueren; hemos de husmear cada rincón o hueco de la inmensa llanura, hemos de
indagarla desde todos los ángulos, en las cercanías como en las distancias, al
final del oteo podremos ver en el resumen el desvelo del rostro de Dios en la
sabana.
Una de las cosas que más llama nuestra
atención es un inmenso árbol, con un tronco grueso y esbelto, está dotado de
una amplia, espléndida y mullida copa, ante tal majestuosidad quedamos absortos
y perplejos.
Ante el estupor y el silencio que
nos circundaba, emanó un murmullo del cual se elevó una tenue voz que agudizó nuestra
atención: pshi, pshi, oteadores, soy la voz del árbol, reclamo vuestra atención
para deciros que no es necesario que rastreen toda la sabana para entrever una
imagen o rostro de Dios, conmigo tenéis bastante, atended, os explico.
El árbol es como vuestros
cuerpos, nacido de las entrañas de la tierra, por fuera, sois como este árbol,
con un crecimiento lento semejante a lo que necesita cada especie para su
desarrollo.
Todos hemos o debemos de crecer
en un ambiente de serena quietud dando a cada uno lo suyo con amor y entrega,
con simplicidad, sin discriminar nada ni a nadie, con justicia en la equidad
del trato.
Entre las ramas posan, descansan,
se refugian, anidan y crían los pájaros a sus polluelos sin importar las
especies o castas, tampoco importan de donde vengan o si están de paso, esto es
dar posada al peregrino y al necesitado.
En el suelo bajo el contorno de
su sombra pacen, descansan o duermen otros seres, ¿es nuestra casa posada de
peregrinos? o más bien es hotel de lujo que discrimina por las apariencias y
poder adquisitivo.
Dios nos acoge a todos sin exigirnos
ser de determinada casta, forma de ser o poder adquisitivo, más bien es posada
de peregrino. En el comportamiento del árbol podemos observar la semejanza entre
el árbol y Dios, y sin necesidad de ser más extenso en detalles que corroboran
lo dicho.
Esta semejanza y las incontables
que existe en cada ser creado son reflejos y no espejismos de cuan abundante y
diversas son las semejanzas del espíritu de las cosas y los rostros de Dios.
Meditando en estas cosas
alcanzaremos la tan necesitada paz interior, con ella podremos escudriñar cada rincón
de nuestra mente y de nuestra alma, es posible que nuestra constancia en la observación
de los seres creados pueden llevarnos poco a poco a ver como se despeja la
niebla que envuelven nuestros ojos, y con la ayuda de la gracia de Dios podremos
ver el espíritu y la sabiduría que en todo ser existe, es entonces cuando
veremos a Dios en todas las cosas, sabiendo que Dios se refleja en todo pero,
eso que vemos es su reflejo, a Dios no se puede ver con los ojos de nuestros
cuerpos ni cabe en las cosas. Dios ES.
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