CAMINEMOS UNIDOS A SU ENCUENTRO
02/12/2013
Después de unos días de relajación y descanso aquí
estoy, igualito que un motor recién arrancado, antes de ponerme en marcha
forzada he de dejar que el motor tome su temperatura adecuada.
Ayer fue el primer día del adviento, oré y medite
como cualquier día, no escribí nada, decidí visitar y acompañar un buen rato a
los padres y hermano de un enfermo, trate de darles ánimo, difícil tarea cuando
estás viendo que nada prospera, que todo está estancado, se palpa que la fe y
las esperanzas se debilitan cada vez más, por el momento aún hay vida por tanto,
hay que mantener la esperanza, esperar que un rayo de luz dé alegría a sus corazones,
les deseo lo mejor y lo más conveniente, aceptando la voluntad de Dios.
Este fue el comienzo de un nuevo adviento,
sintiendo lo que a esta familia le pasa y no son solos ellos, son muchos los
que han pasado y pasan por momentos similares por eso, mis sentimientos son más
sentidos y compartidos al haber recorrido varias veces este camino.
He querido comenzar este tiempo de preparación y
de espera comenzando de cero, despacito pero sin pausas poniendo los motores en
marcha para comenzar un nuevo vuelo, convirtiendo nuestra pereza en deseos de
andar el camino para un nuevo reencuentro con el Señor, ir viendo y fijándonos bien
el los rostros del Señor, que no son otros que los de nuestros hermanos y,
especialmente de aquellos que por una causa u otra peor nos caen.
En este adviento he de lavarme muy bien mis ojos
para poder ver bien con los ojos del corazón y del alma, que el Ser, (Dios) está
en nosotros, nuestra tozudez es tan grande que ni les oímos ni les vemos. Hemos
de pedir que nuestros oídos oigan y que nuestros ojos vean para que nuestros
corazones amen.
¡Señor, quita de nuestros ojos el velo tupido que
por causa de nuestro embrutecimiento impide ver tu rostro!
Hemos de aprender a amar a Dios en nuestros
hermanos, en ellos también está Dios, pensemos al mirarlos que sus rostros son
los rostros del Señor, tratémoslos como a nosotros mismos, somos hermanos en el
Señor, del Ser procedemos y somos partes, somos partes del Todo por tanto,
somos uno en Dios, como podemos estar tan ciegos odiándonos y maltratándonos los
unos a los otros, si somos partes de un mismo cuerpo, ¡Señor que veamos!
Haznos ver en este adviento la necesidad de
curarnos de esta atrofia que impide el buen funcionamiento de los sentidos de
nuestro cuerpo y alma.
Que hermoso seria ver a Cristo renacer dentro de
nuestras almas, dando sentido a nuestras vidas siguiendo los pasos de
Jesucristo, seamos capaces de morir a nosotros mismos para que sea él quien
dirija el barco de nuestros destinos, amándonos y ayudándonos a ser verdaderos
miembros del cuerpo del resucitado y todos juntos, no solo formemos parte de
ese cuerpo místico de Cristo sino que, por añadidura habremos creado y traído a
nosotros su Reino, el Reino de Dios y su Justicia que tanta falta hace a este
mundo tan injusto, cruel y desquiciado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario